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Universos paralelos

En un universo paralelo, los cargos públicos, lejos de pavonearse ante prohombres de las finanzas y la industria, son probos funcionarios diseñando y gestionando lo público. En esa realidad alternativa, algunos de ellos no es que se llenen de soberbia y dicten lo que el resto ha de hacer según su capricho, más bien son tentados en ocasiones puntuales con prebendas y dádivas por quienes realmente manejan los resortes del dinero y del poder.

En un universo paralelo, las instituciones y quienes se supone vigilan sus mecanismos se compadecen del pecador y odian el pecado. Aunque se inhabilite o encarcele a quienes caen en tentación, dedican sus mayores esfuerzos a perseguir el origen del delito, purgando del sistema a quienes lo corrompen y sin que su acción sea tutelada, dirigida o corregida por otras instancias.

En un universo paralelo, los corruptos no lo son por ciencia infusa, no por mera avaricia, no por naturaleza. Se les corrompe con métodos propios de las mafias. Con presiones, regalos, promesas, amenazas, lujos mundanos y dinero. Mucho dinero. Muchísimo dinero. Sacado del pozo, cada vez más seco, del bien común. De sus impuestos, colegios, hospitales, viviendas y jubilaciones.

En un universo paralelo, la respuesta de la Ley no se detiene en dimisiones y lágrimas, ni en promesas de regeneración, ni siquiera en el fondo de un calabozo. Prosigue hasta que la Justicia equilibra sus brazos castigando, con igual rigor, a quienes se corrompen y a los corruptores, aquellos que reparten sus sobras a los títeres. Pobres diablos que se creen tocados por los dioses y que no son más que instrumentos de usar y tirar para, a cambio de oropel y baratija, estampar su firma en concesiones, contratas, concursos, ayudas, bonificaciones o rescates. Pero, claro, todo esto ocurre en un universo paralelo.

Publicado en Nueva Tribuna

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