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Ucrania: La delgada línea roja en el mar Negro

Eugenio Hernández @ebarcala
Cuentan que tanto el actual estatus de Crimea como Ucrania nacieron de la voluntad caprichosa de líderes muy satisfechos de si mismos. Kruschev (o Jrushchov, como prefieran) se tiró el rollo con los ucranianos concediéndoles la península como un regalo. Dejaba claro a sus compatriotas que ahora mandaba tanto o más que el propio Stalin. Casi cuarenta años después era Yeltsin – dicen que entre trago y trago de vodka de hierbas bielorrusas – quien sancionaba el referéndum de diciembre del 91 por el que Ucrania rompía amarras con la URSS.

Suponemos que no imbuidos por ese mismo espíritu, los líderes de la Unión Europea creyeron encontrar en las manifestaciones contra el gobierno de Yanukovich la oportunidad para rediseñar el mapa del continente. Las banderas estrelladas que ondeaban en la Euromaidan, además de camuflar las de los ultranacionalistas, eran el augurio de un amor correspondido. Y Angela Merkel bendijo el enlace, como primera interesada en los posibles réditos y como madrina política de uno de los más significados cabecillas de la revolución, el ex boxeador Vitaly Klitschko.

La ganancia: más control sobre el eje Báltico – Negro – Caspio, un mercado potencial de 45 millones de consumidores sin aranceles a los productos europeos y la imposición de la hoja de ruta del FMI a cambio de un vago “acuerdo de asociación y libre comercio”. Por no mencionar la patada en los oleoductos a Vladimir Putin y sus alianzas euroasiáticas.

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A cuenta de este negocio redondo, la UE se prestó a demonizar a unos oligarcas corruptos para apoyar a otros no exentos de polémica, aunque eso le supusiera tragar el sapo de mirar hacia otro lado mientras se daba un golpe de Estado de libro.

Un compromiso roto
Los ministros europeos propusieron, y lograron, un acuerdo para el nombramiento de un gobierno de unidad nacional (incluyendo al ex presidencial Partido de las Regiones) y la convocatoria de elecciones. Algo que Rusia estaría, hoy mismo y como mal menor, dispuesta a rubricar de nuevo. Objetivo cumplido.

Pero ese acuerdo se rompió repentinamente 24 horas después, con la toma del Parlamento y la destitución y huída del presidente. Desde entonces, la diplomacia europea ha vagado a tientas por un escenario que ya no reconoce. Cuando Europa subestima al adversario o comete un error de cálculo suele decantarse por el camuflaje, a ver si aparecen la ONU o los americanos a desfacer el entuerto. Y resulta que el súbito giro de los acontecimientos ha colocado de un plumazo a la OTAN como beneficiaria de nuevas fronteras, a los Estados Unidos como protagonistas y a su hombre en Kiev, Arseni Yatseniuk, al frente del ejecutivo en funciones.

Defensa Petrov
Todo ello supone un vuelco radical en materia de seguridad. Y es el equilibrio militar lo que provoca el órdago de Putin. Una amenazadora jugada con intenciones defensivas; un amago de invasión de Ucrania, pero sólo con la puntita de Crimea, su delgada linea roja trazada en el mar Negro.

En la partida de ajedrez, Putin se habría decantado por la “defensa Petrov”. Una lucha encarnizada por el centro del campo de batalla para obtener, al menos, unas honrosas tablas al final del juego. Porque la presencia de su Armada en aquellas aguas es irrenunciable para Rusia. Confía en que Estados Unidos no va a iniciar una escalada bélica sólo por la virginal integridad del país y sabe que la Unión Europea está, desde la ruptura del acuerdo, perdida y poco legitimada para hacerle frente en ese ámbito. Que se lo pregunten a los serbios.

Europa ha puesto sordina al triunfalismo y,  junto a la división interna con respecto a posibles represalias económicas, se limita a proponer grupos de contacto, reuniones extraordinarias en Bruselas, cumbres varias, la mediación de la OSCE, acuerdos federalistas, frenos a la escalada de la tensión… Lo que viene siendo silbar y esperar a que escampe.

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Pero lamentar hechos que ya han sucedido y desear que hubieran ocurrido de otra forma sirve más bien de poco. Una cosa es la apuesta diplomática en busca de posicionamiento en el continente y otra, trastocar su equilibrio. Una cosa es la ucronía soñada y otra, bien distinta, la Ucrania caótica de hoy.

Imagen de cabecera: ‘The Thin Red Line’ de Robert Gibb.
Escena de la Batalla de Balaclava (Guerra de Crimea, 1853 -1856)

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