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Mr. Stanley, supongo

Henry Morton Stanley (Russell E. Train Africana Collection, Smithsonian Institution Libraries)

El 16 de octubre de 1869, Henry Morton Stanley, famoso por pronunciar aquello de “Doctor Livingstone, supongo”, recibió un telegrama en la pensión que habitaba en Madrid, en la calle de la Cruz. Esa frase es un buen comienzo, pero casi todo lo que se dice en ella es falso. Y no es extraño cuando del periodista y explorador se trata, porque su biografía está trufada de mentiras y medias verdades.

Para empezar, no se llamaba así. Su nombre de pila era John Rowlands, un galés emigrado a Estados Unidos que fue transitando por distintas identidades durante su complicada infancia de hijo ilegítimo, hasta asumir como propio el nombre de un comerciante de Nueva Orleans que le adoptó. Tras la Guerra de Secesión, en la que sirvió bajo bandera confederada, comenzó a colaborar con distintos periódicos. Y así, como corresponsal de The New York Herald, recaló en España en pleno Sexenio Revolucionario.

Desembarcó en Barcelona, ciudad que ya había visitado anteriormente, y tomó el tren hasta Madrid. Nada mas llegar a la capital, puso rumbo a la Puerta del Sol, se alojó en Los Príncipes y solicito una entrevista con el azote de los monárquicos, Juan Prim.

David Livingstone (Retrato de Frederick Havill)

Cuenta la periodista Pilar Rubio que su primera impresión fue la de estar ante “un remilgado mayordomo”, quizás porque el general vestía de civil y “remilgado” es una de las acepciones en inglés para prim. Stanley le califica de “grave, reservado, meditativo y calculador.” Y, con algo más que libertad de estilo, describe su rostro de altos pómulos y despejada frente como “típico de los celtas”.

Durante su estancia madrileña, tuvo tiempo de asistir a las sesiones en Cortes y a la redacción de la nueva Constitución, codearse con otras personalidades, retomar viejas amistades en el círculo de corresponsales, vanagloriarse de un dominio del castellano que -según sus biógrafos- no poseía y asombrarse ante costumbres tan hispánicas y exóticas como la siesta, la tertulia o la ingesta generalizada de café solo.

Su destino cambió con el telegrama recibido -un mes antes de lo que afirma el periodista- durante un viaje a Zaragoza y Valencia para cubrir los coletazos del levantamiento carlista. Su periódico le conminaba a acudir a París, donde recibiría el encargo de partir hacia África con la tarea de localizar y entrevistar al explorador David Livingstone. En realidad, las páginas de su diario correspondientes a esas fechas están arrancadas y la búsqueda del viajero perdido comenzó bastantes meses después, pero ya empezamos a conocer cómo se las gasta Henry.

Ilustración del encuentro entre Stanley y Livingstone

En su favor, hay que decir que cumplió con el cometido en un tiempo récord. Y sin Google Maps ni GPS. El encuentro entre Stanley y Livingstone, a orillas del lago Tanganica, también está plagado de sospechas. Se admite como buena la fecha del 11 de noviembre, pese a que el explorador escocés lo sitúa quince días antes. Describe en ese texto, y con asombró, cómo vio llegar hasta su campamento la expedición del periodista, perfectamente pertrechada de ollas, víveres y tiendas de campaña y precedida de la bandera de las barras y estrellas ondenado al viento. La imagen contrasta con la archiconocida versión que nos ha legado Stanley: “… me acobardé ante la multitud presente. Le habría abrazado, pero no sabía cómo me recibiría. Así que hice lo que la cobardía moral y el falso orgullo consideraron más apropiado: caminé hacia él, me quité el sombrero y dije: Doctor Livingstone, supongo”.

¿Se pronunciaron realmente esas palabras? Pues parece que no. Ninguno de los dos las refleja en sus respectivos diarios y los historiadores creen la frase demasiado redonda y revestida de humor británico como para ser cierta. Suena más a un adecuado broche final para un gran reportaje. Y Stanley no dejaría nunca que la realidad le arrebatara una buena historia.

Así que ni el nombre, ni la fecha, ni la cita, ni siquiera la ubicación que aparecen al comienzo de este relato se ajustan a la verdad. Lo único cierto es que Henry Morton Stanley fue, brevemente, vecino de Madrid. Supongo.

 

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