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La violencia y las ventanillas

Dentro de un experimento más amplio y hace ya casi cincuenta años, investigadores de la Universidad de Stanford dejaron aparcado un automóvil en una calle de Palo Alto, por ver si el abandono provocaba alguna reacción. Resultado: nada. Así que, en una vuelta de tuerca, se les ocurrió romper una ventanilla. En apenas 24 horas, el vandalismo se cebó contra el coche de la ventanilla rota y de él apenas quedó la carcasa, como si un ejército de buitres hubiera olisqueado carroña.

El experimento concluyó que los lugares públicos se deterioran a velocidades asombrosas en cuanto la normalidad da paso a un mínimo atisbo de caos. Basta con que alguien cometa una tropelía, como la rotura de un vidrio, para que inmediatamente muchos otros miembros de la comunidad den por sentado que todo el monte es orégano y que se puede seguir vandalizando sin control ni medida.

Años después, en Nueva York, el alcalde Giuliani pensó que una política de tolerancia cero contra faltas menores (tirar papeles o colillas al suelo, no recoger los excrementos de los perros, etc.) podría mejorar no sólo la limpieza si no la seguridad en general. Y así fue. En un entorno más limpio y menos degradado, sin abandono, descendía también el resto de delitos, incluidos los violentos.

Estos días se abre en Madrid, en La Nave de Villaverde, el Foro Mundial sobre las  Violencias Urbanas y la Educación para la Convivencia y la Paz. La ciencia, como hemos visto, apoya la relación entre la urbanidad y la tranquilidad en las calles. No pararemos las guerras en el planeta, por desgracia, pero quizás un poco de respeto por lo común, lo que a todos nos pertenece, sea capaz de construir ciudades amables y habitables. Con hábitos como velar por lo que nos rodea, denunciar los abusos, defender los derechos de todos frente a quienes los socavan y no olvidar gestos, tan nimios pero tan decisivos, como dar un simple “buenos días”.

Publicado en Nueva Tribuna

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