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El discurso de los cien tuits

Ni idea de quién ha sido el redactor del discurso para la toma de posesión de Donald Trump. Por el contenido, podría ser él mismo. Por la forma, su community manager. El contrato que ofrece el nuevo presidente americano a su pueblo se resume en 1.400 palabras, una redacción escolar de cien frases que podrían volcarse en otros tantos tuits de 140 caracteres. O en unos minutos de radio, televisión y Youtube. Gracias a su desprecio radical por subordinadas y polisílabos, Trump alcanzó la nominación y la victoria. Y con ese pobre andamiaje intelectual, una refutación a la retórica de Cicerón, inicia el camino hacia una América más grande. Y también más simple.

El fraseo del discurso lanza a la mandíbula supuestas verdades como puños. Mensajes directos y breves. Lugares comunes que todo partido o particular suscribe: familia, trabajo, educación… Y sobre esa base rítmica nos cuela el eje de su campaña: el reparto de culpas. Es la pujanza asiática la causa de la escasez de empleos, las importaciones son responsables del declive de la industria y a las élites intelectuales se debe la fractura social. Del mismo modo, imputa a los países aliados los gastos en Defensa y a los inmigrantes los empleos basura y la inseguridad.

Frente a los complejos problemas del país, el republicano responde con un elixir mágico elaborado con una parte de dios, dos partes de patria y, como excipiente, un proteccionismo que raya en la autarquía. El ungüento, siguiendo la tradición de los charlatanes del Far West, sería infalible, barato y sin efectos secundarios. Pero hay que venderlo bien envuelto con un juramento sobre dos Biblias y la instauración del Día del Patriotismo, concepto de gran sonoridad, pompa y circunstancia que no compromete a nada. El clásico “pues a mí me funciona” que consigue doblegar a los más escépticos se tradujo esta vez en una exhibición pública de su cuenta corriente y de su familia, eso sí, con una estética a caballo entre los felices cincuenta y Falcon Crest.

Asomados al agujero negro donde se precipitan tantos compatriotas, millones de votantes han descubierto, de repente, que las clases medias son los padres y que también ellos y sus hijos pueden ser arrastrados al abismo donde hasta ahora sólo moraban desconocidos, seres del todo ajenos con quienes no existía contacto ni lazo alguno. El miedo, decía el maestro Yoda, conduce al lado oscuro. Y así, sin apenas darte cuenta, acabas creyendo tú también, hijo mío, que los baches en las carreteras se arreglan construyendo muros fronterizos. O que la desigualdad se debe a las importaciones chinas y no a un sistema injusto en la redistribución de la riqueza.

La estafa de un discurso que es un tuit tiene su público. Y engancha, aunque luego despiertes y el magnate siga ahí, un supuesto candidato pro-gente y anti-establishment cuya primera recomendación ha sido recortar el sistema de protección sanitaria (Obamacare) y cuyo gobierno se distingue por tres rasgos: son hombres, son blancos y son ricos. Ojo, a este lado del charco no somos ni más listos ni más juiciosos que quienes confían su futuro a un cuñado con tupé. Si anhelamos respuestas simples para los males del siglo, la razón se rendirá ante 140 caracteres con gancho.

Publicado en Nueva Tribuna

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