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El cuadro de nunca acabar

Alegoría de la Villa de Madrid (Francisco de Goya). Museo de Historia de Madrid

Traje blanco, mantón rosado como nube de otoño, ojos pardos, rizos rubios y boquita de piñón. Así es Madrid, o al menos así es la alegoría de la ciudad que pintó Francisco de Goya por encargo del Consejo de la Villa en 1810.

El Ayuntamiento quería en realidad un retrato de José l Bonaparte, Pepe Botella en su traducción castiza, pero el aragonés era muy de hacer lo que le daba la gana. Con los 15.000 reales de la encomienda, pintó una dama, Madrid, apoyada en el escudo del oso y el madroño, con un perro a sus pies como símbolo de fidelidad y dos figuras aladas portando trompeta y corona de laurel, en representación de la Fama y la Victoria. A su lado, sosteniendo un óvalo dorado, dos ángeles o quizás ángelas, porque queer es probablemente la palabra que mejor les define. Y ahora sí, dentro del medallón, la cara del francés. Aunque por poco tiempo.

Museo de Historia de Madrid

El cuadro, que puede verse en el Museo de Historia de Madrid, en la calle de Fuencarral, fue pintando y repintado al ritmo que imponían las coyunturas políticas del siglo XIX. Tras la batalla de Arapiles, los gabachos salieron pitando y Goya emborronó el retrato y puso en su lugar la palabra “Constitución”, en honor a la Pepa. Regresó al poder, brevemente, el hermano de Napoleón y un discípulo del aragonés, Felipe Abas, recuperó la pintura original a cambio de 80 reales. Tras la victoria definitiva contra los franceses, en 1813, otro ayudante le hizo desaparecer de nuevo, ya para siempre.

Pero eso no puso fin a los cambios. Cuando Fernando VII regresó a España, ordenó abolir las Cortes y al grito de “¡Vivan las caenas!” Goya tuvo que cumplir los deseos de El Deseado y pintarle a él en lugar del lema constitucional. El Borbón no era precisamente un adonis y, quizás por eso, el retrato le salió a Goya -o a alguien de su taller- más bien regular, tirando a abominable. Así que años más tarde y aprovechando que don Francisco se mudó a Burdeos, Vicente López arregló el desaguisado.

El pintor Francisco de Goya (Vicente López Portaña). Museo de El Prado, Madrid

A estas alturas, la Alegoría de la Villa de Madrid tenía ya más capas que una convención de superhéroes, pero los remiendos no acaban aquí. En 1843, a los diez años de la muerte de Fernando VII, se cambió la cara del rey por la inscripción “Libro de la Constitución”. Y en 1872 aún sufriría un último retoque. Se escribieron en el medallón las palabras “Dos de mayo”, ya que una referencia así de genérica no estaría sujeta “a las opiniones cambiantes de los hombres”, según razonó con buen criterio el alcalde de turno, harto de tanto vaivén.

 

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