Artículos

Egipto cincela la democracia a golpes

egipto_militares“He venido aquí a buscar un nuevo comienzo para Estados Unidos y los musulmanes de todo el mundo, que se base en intereses y respeto mutuos”. Cuatro años después, el discurso de Obama en la Universidad de El Cairo de 2009  ha resultado ajustado a los que enseñan las viejas cosmogonías: en el inicio reina el caos. Y no un caos controlado, vistas las distintas posiciones que sobre el futuro de Egipto conviven tanto allí como dentro de la propia administración americana.

Un desierto político
La “primavera árabe” egipcia, de momento, ha retrocedido a la casilla de salida. El guión según el cual el Ejército tutelaría un cambio de régimen hacia una democracia pro occidental encarnada en un gobierno con El Baradei (aupado ahora a la vicepresidencia por los militares) u otro personaje afin al frente se topó en su día con la realidad: ni los líderes prefabricados gozan del favor popular ni existen fuerzas políticas asentadas y organizadas más allá de los islamistas y la milicia.

Ante la situación de la economía del país y el deterioro de la imagen del presidente Morsi, la paciencia podría haber aconsejado esperar a que un gobierno debilitado cayera en las próximas citas electorales víctima de su propia incompetencia. Pero las prisas o el temor a que otros actores ganaran peso en el tablero (caso de las millonarias donaciones económicas de Turquía y Qatar al gobierno islamista o el acuerdo con Irán sobre el acceso al Canal de Suez) han hecho que se juegue la carta de la intervención directa.

Para empezar, se jalearon las manifestaciones contra un régimen ciertamente cada vez más impopular. Después, se sembraron dudas sobre su legitimidad y forma de acceso al poder, pese a que el control del proceso estuvo en manos de la Junta Militar. Y se ha destacado por último la pobre mayoría obtenida en las urnas (51,7% del voto en las presidenciales) obviando el hecho de que fue ratificada en consultas posteriores sobre el proceso constituyente.

Golpes fuertes y golpes blandos
El resultado, un golpe de Estado en toda regla, aunque se venda ese pronunciamiento de manual como un triunfo de la voluntad popular. A posteriori, ya que las Fuerza Armadas se referían en su ultimatum al Ejecutivo a la situación “política y social”,  se ha intentado justificar por la crisis económica. El razonamiento cojea porque muchas de las alarmas que subrayan esa excepcionalidad (falta de vivienda, paro juvenil, dependencia energética, descenso de los ingresos por turismo, necesidad de financiación externa por el FMI o terceros países, etc.) fueran las mismas que llevaron al abismo a Mubarak. Hay consenso en que su gestión económica no ha sido ejemplar y la escalada de la inflación es sólo una muestra de ello. Pero, para alivio de los países europeos fiscalizados por la troika, las penurias macroeconómicas no son excusa para el derribo por la fuerza de gobiernos electos.

También es evidente que Morsi ha utilizado todos sus resortes de poder para ir moldeando un régimen falto de acuerdos, excluyente y nada integrador, aprovechando  la decisión de la oposición de ausentarse del juego político y de las instituciones. Mucho más dudoso resulta que ese comportamiento santifique la intervención de un poder supuestamente superior ni, a continuación, de alas a ideas como el PIB está por encima de la soberanía popular o que la seguridad justifica la represión o la suspensión de garantías legales.

Por si no fuera suficientemente bajo el nivel de crítica, ni siquiera se han puesto en duda las fabulosas cifras de manifestantes antigubernamentales facilitadas por fuentes no identificadas del propio Ejército, que llegaron a hablar de millones de asistentes. Una marea humana que nadie ha visto ni mucho menos contrastado. En un ejercicio de la parte por el todo, ha bastado con ver llena la Plaza Tahrir para dar luz verde al golpe.

La seguridad, en duda
La opción finalmente elegida, el golpe bendecido por la comunidad internacional con contadas excepciones, como Alemania o Turquía, está lejos de resultar una solución simple y eficaz. Para los Estados Unidos es complicado justificar la ingente ayuda económica que presta a un Ejército ahora tachado de intervencionista. Los republicanos se han apresurado a denunciar el acuerdo por motivos legales y la propia embajada en Egipto alertaba del peligro que el golpe supondría para la futura estabilidad política.

Aupar a un funcionario proveniente del régimen anterior (Adli Mansur) como presidente interino ante unas hipotéticas elecciones es visto con recelo por los poco influyentes partidos progresistas y laicos. Criminalizar y perseguir a los Hermanos Musulmanes y a su brazo electoral (Justicia y Libertad) puede hacer dudar a amplias capas de la población del concepto mismo de democracia o radicalizar su discurso. Eso si no facilita el avance de los salafistas (más del 20% del voto en las primeras legislativas), quienes ahora navegan entre el tibio apoyo al golpe (que les desembaraza de la competencia entre el electorado islamista) y su firme oposición a El Baradei.

Un estancamiento del proceso democrático, la economía y las instituciones del país no es la única amenaza. ¿Que ocurrirá si de las urnas sale otro gobierno islamista? ¿ Y si un ejecutivo más afín al poder militar es recibido con nuevas protestas? La calurosa acogida con la que un día se jalea la intervención de los salvadores de la patria puede trocarse en desengaño. Especialmente si las recetas mágicas no funcionan (que es lo que suele suceder) o si su autoritarismo se empieza a ver como un estorbo.

Como enseña la deriva de otros regímenes acunados en los cuarteles, la tentación de buscar un enemigo que pague por los errores propios es grande. Y aunque se trate del escenario más improbable por el momento, hay candidatos ideales para ese papel. En el interior, siempre quedará la tentación de señalar a los Hermanos Musulmanes. En cuanto a un chivo expiatorio exterior, Egipto lo tiene muy cerca, justo al otro lado de la frontera.

Commentarios cerrados